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"FantasY"
La otra galería de Niños Malos
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CUENTO 012 Autor: Fernando
Luis Pérez Poza ________________

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¡...PERDONEN QUE NO ME LEVANTE !
Perdonen
que no me levante. Les digo así, como reza en el epitafio que
preside la tumba de Groucho Marx, porque yo soy un muerto. Sí. Sí. Lo que
ustedes oyen. ¿Qué pasa? ¿No me creen? Acérquense. No tengan miedo. No hay
por qué temer a lo que no pertenece a este mundo. Si les hace falta toquen
mi piel. ¿Lo notan? Es hueca y pálida como una nube y tan fría como la
nieve. ¿Lo perciben?.
Pero no se preocupen por mí, estoy tan bien que no quiero ni que dios me
resucite. ¿Volver a padecer lo que he sufrido? ¡Ni hablar! Además, ustedes
no tienen ni puñetera idea de lo que es esto. El verdadero alcance de la
muerte sólo podemos sentirlo quienes estamos aquí, del otro lado del reloj,
como almas en pena esperando que se termine de una vez para siempre la
eternidad, en medio de esta calma, de este asombro, de esta silenciosa y
absurda detención del tiempo.
Hay quien dice que la muerte es una salvajada, sobre todo cuando es
inesperada, como si uno no la esperara y se pasara la vida mirando hacia
otra parte, sin echar una mirada al frente, al futuro, al destino. Pero yo,
ahora puedo decirles que se equivocan, que no hay tal salvajada. La muerte
es simplemente una raya que se traza al final de la vida, una manera
distinta de perder de vista el horizonte o simplemente una forma de dormir
sin sueños. Hay también quien piensa que es un largo viaje, y está en lo
cierto, pero en un autobús lleno de gusanos que en cuanto te subes te
agujerean los huesos.
Quienes dicen que morir es cruzar el misterioso umbral de lo desconocido y
entrar en la zona más oscura del universo, tienen toda la razón. Aquí no
hay luz. Vamos, por haber no hay ni una mísera bombilla. Esto es como la
quiebra de una compañía eléctrica en medio de una soledad infinita de
vértigo y silencio. Llevan toda la razón los que aseguran que se llega aquí
a través de un túnel, pero de luminoso, nada.
Cuando te llega la hora o te la hacen llegar, te deshaces de todos los
bienes materiales, te tumbas en la cama o en el suelo y ¡zás!, ya no te
levantas más. La muerte es lo vacío, lo negro, lo desnudo, una sombra vaga
en un cristal oscuro que te atrapa entre sus suaves alas y te da un abrazo
que dura toda la eternidad. La muerte es un naufragio en el que se echa la
vida por la borda y se fondea el barco en lo más profundo del océano.
Pero ¿saben lo que más coraje me da?. Pues, verlos a ustedes vivos. Sí. A
ustedes que son los que me han matado, los que me han asesinado, aunque
solamente hayan participado en el crimen por omisión de sus deberes
humanitarios. Sí. Sí. Yo soy el muerto aquél que los generales arrojaron
vivo al mar desde un avión sin ninguna compasión, un desaparecido más de los
tantos que hubo en la famosa caravana de la muerte, en Chile, en Argentina,
o en las cárceles franquistas.... El muerto aquél afgano o de cualquier
nacionalidad que no pudo llegar a adolescente porque se murió de asco, de
hambre y de miseria tirado en cualquier punto remoto del planeta, mientras
ustedes se ponían ciegos de caviar y de langosta. El muerto aquél al que los
terroristas se llevaron por delante con sus bombas o el mismo al que un
gobernador medio loco, con delirios de grandeza, sentó en la silla
eléctrica, revelando así la calidad de sus buenos y tiernos sentimientos
ciudadanos.
Sí. Sepan ustedes que me da coraje verlos ahí, en la cama esperando
tranquilamente, como esperó Franco el manto de la Virgen del Pilar y la
bendición apostólica. Y si en alguna parte sucede que existe dios, pues yo
aquí nunca lo he visto, le pido con todas las fuerzas que me quedan en el
alma, que cuando a ustedes los políticos, los generales, los terroristas,
los sinvergüenzas, les termine por llegar la hora, se los lleve derechito al
cielo de una vez para siempre. ¡No vaya a ser que vengan ustedes aquí, a
este dulce oasis de la nada en el que yo me encuentro, a tratar de
joderme otra vez eternamente!
Febrero 2001© Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España.
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REFERENCIAS
DEL AUTOR:. 
Fernando Luis Pérez
Poza fpoza@navegalia.com
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NO SÉ
No sé adónde
vas, ni por qué caminos te lleva el destino que nunca acierto
a descubrir la ruta de tus pasos, la senda que conduce a tu universo.
No sé lo que siento, o qué me pasa, que a veces la noche me desborda,
el frío de la muerte entra en mis huesos y se adueña de mi alma de gaviota.
No sé de qué manera, ni sé dónde, ni sé cómo, ni sé cuando empezó
a trepar la amargura por mis venas y a herirme la negrura del carbón.
No sé por qué el amor izó sus velas más audaces si sabía que el flujo
del viento y la marea de la vida te arrastrarían lejos de mi mundo.
No sé con qué ternura vestirán tu cuerpo mis abrazos si algún día
las olas derramaran en mis playas la espuma de tu loca fantasía.
No sé qué, ni sé como, ni sé cuando, ni dónde, ni por qué, ni de qué modo
se abrirá la serpentina del tiempo y pondrá al descubierto tus tesoros.
No lo sé, pero te espero aquí, anclado
en la amarga bahía del insomnio.
| UN
CUADRO LLAMADO: POESÍA
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ESCUCHA
Escucha, ¿De dónde vienes?
¿Cuál es tu misterio? ¿En qué lugar desierto se forjaron
los ritmos frenéticos que yo siento latir en mis huesos?
Las palabras estallan como truenos profundos
en lo más hondo del corazón, ruedan perdidas por el espacio
hasta romper la luz y descender por las escaleras del tiempo
para llenar de vértigo el vacío seco y hueco de esta soledad de piedra
que me late dentro.
Yo no sé nada de la vida,
ni el secreto que ocultan las burbujas amarillas del sol,
ni los sueños infinitos que contiene la chispa más pequeña de una estrella.
Yo no sé nada de la muerte, ni del negro agujero de la nada
por donde se vierte el acero fundido del abismo
y te muerde la fatalidad de la serpiente.
Yo no sé por qué ni para qué me trajeron las aguas y los vientos
a chupar este amargo caramelo al que no consigo quitar el papel.
Escucha, ¿No oyes la pregunta? ¿Adónde vamos?
¿Qué hay más allá del último horizonte? ¿Qué trenes circulan por el universo
y hacen de la muerte la única estación? ¿De qué están hechos los raíles de la eternidad?
Pasa la vida y no regresa, se vuelven amarillas las hojas del calendario,
se caen
y vuelan a la deriva en el impulso mágico del aire,
en la cola estremecida de un cometa, en las luces desbocadas del otoño,
buscando el destino incierto que destila el futuro,
ese viejo fantasma
que huye y, a cada paso, se hace humo.
Escucha, hoy suena una música de ventanas rotas,
de balcones sin barandilla, de horizontes ciegos,
y, también, de soledad sin fondo. Se filtra por los huecos del alma
como si fuera humedad de musgo adentrándose en la piedra.
Sube en espiral, remonta el vuelo y se hace nube: es la canoa blanca del infinito
donde navegan todas mis penas.
Escucha,
hoy tengo hambre de ternura, de bancos encendidos en el parque
y manos que estallan sobre la piel, de pechos firmes y redondos
galopando en círculo la latitud exacta de mis dedos;
hoy tengo sed de trepar por las colinas blancas
de unos muslos que saben a delirio y caverna,
de hundirme en la palpitante raíz de sus corales.
El mar lleno de sueños azules apoya su larga frente en la arena,
derrumba sus viejos castillos de sal en la espuma de las olas,
es una olla que hierve como el aceite y evapora todas las distancias.
El aire sabe a lágrimas heridas de campanas viejas,
a cristal salpicado de tinieblas, a húmedo rocío de silencios,
y, también, a cóctel de marfiles negros.
Escucha,
¿Dónde está el centro de la nada? ¿En qué escollo naufragará mi vida?
¿En qué cenizas morirá mi fuego? ¿A qué distancia está el cielo?
¿Por qué las mariposas no vuelan en invierno?
Manantial de preguntas que se desboca y que siempre se quedan sin respuesta.
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