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"FantasY"
La otra galería de Niños Malos
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CUENTO
011:
Autor: Fernando
Luis Pérez Poza
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¡...EL VIRUS
Chiss...chiss...Hola.
Perdonen que les hable tan bajito, pero soy un virus un poco acomplejado, tímido,
muy introvertido. Fíjense ustedes que casi no me atrevo a entrar en su
ordenador, me da vergüenza. Bueno, tengo que confesarles que eso es sólo al
principio, cuando salto desde el archivo
adjunto del mensaje de correo electrónico y me cuelo sin pedir permiso. Luego,
a medida voy cogiendo confianza, me expando por todos los directorios e incluso
me infiltro en el outlook y me envío sin sello a otros tantos miles de
ordenadores. Sí. Yo viajo gratis, por el morro, como los diputados de las
Cortes en España. Y aún voy más allá, a mí ni siquiera me hace falta
mostrar el carnet para que me den el billete. Me basta con el pequeño
empujoncito inicial del creador, en el diminuto rincón del mapa donde tiene
instalada su compu, y ¡ zás !, a recorrer el mundo por el cable casi a una
velocidad como la del pensamiento.
Sí. Ya sé que en estos momentos estarán leyendo esto con recelo. Estoy seguro
que se preguntan ¿Y sí en lugar de una historia o un cuento fuera realidad? ¿Y
sí me están entreteniendo mientras un poderoso virus se ocupa de invadir
el disco duro? ¿Borraré el mensaje sin leerlo, por si acaso?. Pueden hacerlo ustedes, si quieren, pero se quedarán inevitablemente sin
descubrir el final de la historia y sin conocer aspectos de mi vida que a menudo
se les pasan desapercibidos. Piensen, además, -que para eso tienen la cabeza- que, si hubiera querido contagiarles, a estas alturas del segundo párrafo
ya lo habría hecho. Me basta un segundo, a veces menos, para reproducirme
y volverles majaras todos los archivos.
Sepan ustedes que mi vida es una larga historia, un océano de tristezas y alegrías
y que las aventuras y peripecias de David Niven, El Fugitivo, comparadas con las
mías, son pecata minuta. Y no sólo las suyas. Aquí querría ver yo a Don
Quijote y Sancho Panza, enfrentados a los molinos de viento de pandasoftware,
perseguidos por el comandante Norton, apaleados por el antiviral toolkit como si
fueran unos vulgares ladronzuelos. Sí. Mi vida es una larga historia, aunque sólo
deje huecos y vacíos en la memoria.
No recuerdo el nombre del lugar donde nací. Tampoco a mis progenitores. Soy,
por lo tanto, un hijo de padres desconocidos, y en eso les doy toda la razón a
quienes, cuando les hago una visita, dicen que soy un hijo de la gran...
palabras que me callo, porque seré un virus pero no un ordinario. Un buen día,
ellos, mi papá y mi mamá, me abandonaron a mi suerte, borraron todas las
huellas genéticas que nos vinculaban e incluso renegaron de sus derechos
de autor para que no los trincara la policía. Y... ¿saben ustedes? ¿saben
ustedes qué es lo peor de todo?: Pues que es muy difícil vivir cuando sientes
que sólo eres el producto de un día de mala leche de un ser humano.
Y aquí me tienen, hecho un viajero empedernido. Marco Polo, a mi lado, un niño
con un patín en el jardín de su casa. Sí. Aquí donde me ven, he dado la
vuelta al mundo varias veces, he compartido directorio y secretos de estado con
presidentes de naciones y he estado a punto de disparar todos los misíles
nucleares de los EEUU. Y lo habría hecho, si un cruzado de la informática no
hubiera decapitado a uno de mis clones en el último momento, cuando ya sólo
restaba apretar el botón. ¡Ah si yo les contara todo lo que sé! ¡Más de
alguno se quedaría con el culo al aire o se cagaría de miedo!
A lo largo de mi vida he aprendido muchas cosas, demasiadas quizá. Uno, con el
tiempo, a fuerza de navegar por los lugares más variopintos, se convierte en
una enciclopedia. Es algo inevitable. No le queda más remedio que fijarse y
aprender de lo que ve. Pero si hay algo que sé con toda certeza es que la red
está llena de tarados que sienten un morbo especial por subir lo primero que se
le viene a la mente. En este maremagnum de chips y cables impera el cada loco
con su tema. Hay enamorados de la historia de Felipe II, melómanos del
mpeg3, terroristas disfrazados de señoritas pijas, como diría el Reverte. El
anonimato da rienda suelta a la imaginación y hace que cada uno se transforme
como por arte de magia en el protagonista de su vocación más secreta.
He visto tíos que pueden pasarse varios meses dirigiéndole cartas de
amor a un grandullón de dos metros y un par de pelotas que no cogen en el
estadio Santiago Bernabeu convencidos de que se trata de una hembra
despampanante. O a tías enamoradas de un superboy cuando en realidad al otro lado hay una colega
dotada de otro buen par de melones. Y no lo mento porque eso esté mal, que a
fin de cuentas cada uno que se lo monte como quiera o por el agujero que quiera,
sino por el engaño que implica la situación. Esto es como en los cuentos de
hadas, pero al revés, el príncipe se convierte en sapo y la princesa en rana
cuando les van a dar el beso que, nunca mejor dicho, deshace el encantamiento.
¿Qué no se lo creen? Pues es así. Estas últimas semanas, sin ir más lejos,
he seguido de cerca un enamoramiento... ¡qué vaya tela! ¡Fue un flechazo, lo
que se dice un flechazo!. Las palabras de amor que pasaban a mi lado
dentro de la línea telefónica hervían de toda la pasión que llevaban
concentrada entre sus sílabas. Cupido se frotaba las manos y afilaba la punta de sus
flechas con todo el frenesí del arquero que ha conseguido su más certera
diana. La chica gozaba treinta y ocho años y decía que los llevaba
como los veintitrés. Al chico se le hacía la boca agua, pensando en el tipazo
que debía de tener su princesa digital, y el capullo se le puso más tieso que el
cuello de la camisa almidonada de un rey cuando supo que al cabo de dos semanas
por fin la iba a conocer. Yo todo esto lo sé porque se lo contó a un amigo en
un e-mail y luego vi el reportaje en el video. Era tal el delirio de amor que
los impulsaba que ni siquiera se molestaron en intercambiar una foto antes de
reservar la habitación del hotel en la que estaban decididos a desfogarse. ¡Pero
lástima que todo se echara a perder por un detalle sin importancia, por un
pequeño olvido, un simple quítame allá esas pajas! Ella se olvidó de comentar que pesaba 150 kilos, como poco.
-¡Pensé que te lo había dicho!- le dijo al estupefacto enamorado al llegar al
aeropuerto, después de que una grúa la descargase en la terminal de pasajeros
sobre un carrito de llevar las maletas.
¡Además lo nuestro es un amor puro, espiritual, en el que no interviene lo físico
sino lo metafísico! ¿No decías que te daba igual cómo fuera? ¿Qué éramos
almas gemelas?- apostilló. -¡Anda, vámonos al hotel que vas a ver lo bien que
nos los vamos a pasar!- suplicó ella, mientras él buscaba algún agujero
secreto y cercano donde esconder la cabeza como los avestruces.
Y no lo digo porque tenga algo contra los gordos, que no, que no lo tengo. Cada
uno es como le ha tocado en suertes y cuanto antes lo asuma, mejor. Yo mismo soy
un poco triponcete a cuenta de devorar tanto archivo, pero tengo que decir en mi
descargo que siempre voy con la barriga por delante, sin engaños,
pensando en la suerte que es tener más cerca el horizonte. ¡Para que luego
digan que yo soy malo!
No. Yo no soy malo, sólo un poco travieso. Me levanto, me desayuno unos cuantos
chips y ¡ zas !, a clonarme y a viajar. Y sufro mis riesgos. ¿Y si en un
directorio oculto me encuentro con los de PandaSoftware o al Comandante
Norton? Ustedes no saben lo que es eso. Te sientes como una torre inexpugnable,
como un doncella con cinturón de castidad, y de repente te das cuenta de que
hay un alfil que viene en diagonal hacia ti, sin ningún obstáculo por el
medio. Y lo más terrible es que no puedes enrocarte con nadie y en un santiamén
hace que desaparezcas del mapa. ¡Voila! Así como por arte de birli birloque.
Te engullen, te despedazan bit a bit, quebrantan tus arrays y te envían a la
papelera de reciclaje como si sólo fueras el contenido de un cubo de la basura
después de un largo fin de semana. Pero que se le va a hacer: ¡La vida es así!
No. Yo no soy tan malo como piensa mucha gente. Son peores mis primos, los que
causan la gripe en los humanos, además de unos guarros que sólo sirven para
manchar pañuelos. Quizá sea porque viven en libertad. Se lo pasan de miedo
saltando de persona en persona, a través de los átomos del aire, como si
formaran parte, de forma permanente, de un juego como el de la Oca o de una
troupé de circo, y su presencia siempre va acompañada de fiebres y malestar
general que deja al humano tirado por los suelos. Y no digamos ya el resto de
mis parientes, que los hay mortales de necesidad.
Pero ¿saben? A veces me ataca la tristeza del viajero. Es esa duna amarga de la
soledad que sepulta el corazón de los que como yo carecen de arraigo en un
lugar concreto. Son lágrimas que nunca llegan a asomarse a los ojos pero están
ahí, formando parte de mi esencia, aluviones de penas que ahogan el alma y que
hacen que te sientas un poco E.T. el extraterrestre lejos de su casa. Entonces
presientes que un peligro se cierne sobre tu existencia y sabes que pronto
llegará un "delete" que te enviará a formar parte de la
nada. Esa es la sensación que tengo estos días, sobre todo desde que me han
reprogramado para destruir los archivos de un gigante energético que podría
arrastrar en su caida al mismísimo presidente.
Les diré lo que voy a hacer. Primero entraré en el sistema y lo recorreré
hasta llegar al disco duro central. Es un asunto sencillo, que no tiene mérito
porque alguien se ha encargado de dejarme la puerta abierta. La cuestión es
conseguir que desaparezca toda la información que pueda incriminar a los
directivos que a lo largo de estos últimos años se lo han llevado crudo, no el
petróleo sino la tela, y que no quede ni rastro de las relaciones del gigante
con el inquilino del palacio presidencial. Después me destruiré a mi mismo
para que nadie pueda saber quienes me programaron para este asunto y uno de los
mayores robos de la historia se quede impune. Así que desde aquí les digo adiós
por anticipado y cuando lean en la prensa que se han esfumado las pruebas que
incriminaban al presidente y la recua de sus secuaces en la quiebra fraudulenta
del gigante energético piensen un momento en mí y digan conmigo: ¡No somos
nadie!. Porque justo en ese momento habré dejado de existir. Aunque no se
preocupen, no van a sentir el vacío de mi ausencia: ¡Les dejo en compañía de
mis clones, primos y demás familia que estoy seguro les entretendrán de una
manera apropiada!
Febrero 2002©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
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HAY VOCES EN EL VIENTO QUE
HABLAN... Hay voces
en el viento que hablan, gritos mudos que revientan en el aire
y llenan de túneles el corazón. Son hilos de luz
que se hunden hasta el hueso, ráfagas de campanas sordas
que retumban en la médula, brasas tristes que salen
de la humedad de los recuerdos y se instalan como setas
en el interior del tuétano.
Yo no sé qué quieren,
por qué prefieren la amargura del invierno al dulce vendaval de primavera
que también late en mi cerebro, por qué ocultan su rostro
bajo el musgo de la piedra y entierran el sol en el abismo
más profundo de la pena, si a su lado crecen las estrellas
como racimos fértiles en las cepas desnudas de la seda.
Hay farmacias dormidas en el alma que no admiten recetas de alegría, boticas infectadas de tristeza
que contaminan las venas y los huesos y pueblan la garganta de palomas tuertas.
Son fórmulas magistrales que inventó el diablo para vaciar las negras cataratas del abismo en la corriente desbordada de mis versos.
Son cepos amargos, sótanos anegados de negrura que estallan en la boca como obuses de sombras
en mitad de la noche.
Yo no sé cómo llegan, cómo hunden sus raíces en mi corazón solitario
y revuelven la salitre fermentada del abecedario. Yo no sé a qué han venido ni por qué se quedan atrapados
en el azufre del calendario, pero pienso, compañera, que solo tus manos y tus largos abrazos podrían hacer que se mudaran barrio.
| UN
CUADRO LLAMADO: POESÍA
| YO SÉ QUE ESTÁS AHÍ
Yo
sé que estás ahí, atrapada en el vértigo que desnuda al miedo, corazón de fuego que no se aviene a vivir sin jaula,
amazona de honduras que no existen. Estás ahí. Entre dunas que humean soledad
y recuerdos que congelan las venas, escuchando trompetas de silencio,
como si el tiempo fuera un reloj parado y el mundo aún permaneciera quieto
sobre el eje invisible de un andamio. Estás ahí, anclada en una taquicardia lenta
de ánfora cineraria, derrochando féretros de angustia
y sepulcros de tristeza, viendo discurrir la vida
desde el ojo tuerto de un ciprés enfermo.
Estás tan dentro del crepúsculo que todo te parece noche
y las sombras te miran con la herrumbre ciega de una vieja calavera.
Es tanta la feria de amargura que te roe por dentro los huesos
que ya no quedan sótanos vacíos, en el interior del tuétano,
para esconder las penas y ahogar la voz de los espectros.
Pero no pienses que siempre será así, con hielos que atraviesan la tarde
y pájaros sin alas que no cantan. Algún día saldrá el sol para ti
con su risa bordada de amarillo infinito y el verso azul de un horizonte nuevo
prendido en el ojal de la solapa. | |
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